Aunque parezca imposible, sensualidad y compromiso político van de la mano en la obra del arquitecto brasileño Óscar Niemeyer. Sus palabras son las paredes y cimientos de la realidad, una realidad curva y sensual como las formas femeninas. Con su creatividad hizo de Brasilia una ciudad que impactó al mundo y convirtió al Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, en Río de Janeiro, en un referente de formas y contenido.
Pero para él la arquitectura es algo secundario. Primero van las mujeres (“el secreto de mi longevidad”), la comida, la música, los amigos… para él lo primero es el mundo. Fidel Castro llegó a decir: “Ya sólo quedamos dos comunistas verdaderos: Niemeyer y yo”.
Inició su carrera de la mano de Luciano Costa y estuvo en contacto con Le Corbusier. Después, en 1966, llegó el exilio en París durante la dictadura militar brasileña, donde, realizó una de sus obras cumbre: el edificio del Partido Comunista de París. Los 80 supusieron para él la vuelta a casa y el comienzo de su última etapa.
Le apasionan Pasolini y Visconti, cree que un arquitecto tiene que conocer a Matisse, y hace pequeñas concesiones a la coquetería: una camisa con sus iniciales bordadas y un perfume masculino de Chanel. A sus 101 años la muerte no le preocupa demasiado. “La vida es un soplido. Todo acaba. Me dicen que después de que yo desaparezca, otras personas verán mi obra. Pero ellos también morirán. La inmortalidad es una fantasía. Lo que importa, mientras estamos aquí, es la vida, la gente. Abrazar a los amigos, vivir feliz. Cambiar el mundo. Y nada más”.
Recientemente en conmemoración de sus 100 años de vida, la editorial Phaidon ha reeditado sus memorias, “The Curves of Time“ un goce para la vista…que lo disfruten…
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